IV EDICIÓN DEL CLUB DE LECTURA

Quinta sesión: Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich

cubiertaLa última sesión del club de este año 2016 tuvo por objeto analizar la obra de la bielorrusa, galardonada con el Nobel de Literatura del pasado año, Svetlana Alexiévich; concretamente, en esta ocasión “Voces de Chernóbil“…

Si bien el moderador, Iván Repila, nos decía que considera a esta autora un auténtico genio, y uno de los descubrimientos literarios para él más interesantes de los últimos cinco años, y por tanto nos anima a descubrir otros títulos de la misma escritora, como son “La guerra no tiene rostro de mujer“, que analiza el papel de la mujer, muchas veces indirecto y pasivo, en estos conflictos armados (aunque nos avisa de que es un verdadero “bofetón”) así como, más políticos, “Los muchachos del zinc” o “El fin del homo sovieticus“, con un tema que ya se esboza en esta obra de hoy. Títulos que es de señalar podemos encontrar en nuestras Bibliotecas de Santurtzi.

Tras hacernos una breve reseña biográfica de esta autora, nacida en 1948, hija de maestros y que elige como profesión el periodismo, siempre comprometido y que sin duda le ha granjeado muchas enemistades, nos destacaba Iván su aporte estilístico, originalísimo, hasta el punto de encontrarle pocos paralelismos, quizá un experimento de ficción firmado por David Foster Wallace (“Entrevistas breves con hombres repulsivos“).

En efecto, Alexiévich inaugura un género que parte del periodismo pero que lo trasciende: así, su libro está construido sobre la base de centenares, quizá, de entrevistas, realizadas a lo largo de diez años con grabaciones magnetofónicas, porque aunque en un principio optó por el método clásico de tomar notas, pronto se dio cuenta de que era incapaz de captar con ellas todas las emociones, los silencios, que los entrevistados le brindaban. Entonces, pasó a grabar sus conversaciones con los testigos, las víctimas, los afectados… Pero, como bien sabe cualquier escritor, no es posible transcribir de modo totalmente fiel una grabación, pues nos transmitiría un resultado artificial, incompleto. Si se quiere reflejar fielmente el habla, o un diálogo, es necesario reescribirlo, codificarlo para que al leerlo, el lector lo “decodifique” y tenga la impresión de un discurso real, fresco… Lo cual requiere un talento especial, un cierto “oído”… Por no hablar de la empatía que toda la obra rezuma.

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Pero es que además Svetlana “desaparece” de sus entrevistas… De un modo que desmiente el ego de cualquier periodista, no recoge sus preguntas, ni nos habla de su punto de vista, de su intervención (salvo en una introducción puramente periodística, donde con la mayor objetividad narra los hechos, o en el (magistral, para Iván) recurso de “entrevistarse a sí misma“; la autora cede la voz, el protagonismo pleno, a sus entrevistados, aunque no cabe duda de que la misma selección de los textos ya revela una intención… Como decía una asistente, Eva, es como si con los retazos de las distintas historias fuera construyendo a su antojo una de esas colchas hechas de retales, eligiendo los colores, siempre oscuros, para lograr el efecto deseado.

Destacaba también el modo en que está estructurada la obra, esas tres partes que nos van mostrando progresivamente hechos desde un punto de vista cada vez más separado en el espacio y en el tiempo, hasta rematar con ese “parque temático” en que se ha convertido la central en nuestros días, con una especie de fenomenal y amarga ironía.

Por todo ello, nos planteaba Repila la pregunta de si estamos ante puro periodismo, o es literatura… Y concluíamos que sí, que el resultado es plenamente literario, por más que ese “patchwork” (otra amiga, Lourdes, nos recordaba que esa artesanía tiene un nombre en español, “almazuela”) trabaje con los mimbres de la realidad, y por tanto encontrábamos justificado el galardón recibido, el Nobel de literatura. Sin desmerecer, por supuesto, el género periodístico, que ya había antes dado grandes figuras como Ryszard Kapuscinski.

Reflexionábamos sobre que quizá se necesita un entorno tan sometido a presión, tan machacado por la Historia como Bielorrusia, que perdió nada menos que el 30% de sus habitantes en la 2ª Guerra Mundial (muy interesante a este respecto la película “En la niebla“) para alumbrar una figura  como Alexiévich. Quien además nos cuenta el drama de Chernóbil desde la perspectiva de este pequeño país, que fue el más perjudicado por la catástrofe de la nuclear, mientras otros se felicitasen de que la dirección del viento no hubiera apuntado a la más poblada Kiev.

“Chernóbil, 1986. Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto». Esto fue lo último que un joven bombero dijo a su esposa antes de acudir al lugar de la explosión. No regresó. Y en cierto modo, ya no volvió a verle, pues en el hospital su marido dejó de ser su marido. Todavía hoy ella se pregunta si su historia trata sobre el amor o la muerte. Voces de Chernóbil está planteado como si fuera una tragedia griega, con coros y unos héroes marcados por un destino fatal, cuyas voces fueron silenciadas durante muchos años por una polis representada aquí por la antigua URSS. Pero, a diferencia de una tragedia griega, no hubo posibilidad de catarsis”.

Todas las asistentes estuvimos de acuerdo en la tristeza que transmite el texto, pero también en la poesía que a veces contiene, así como la ternura que traslucen muchos de sus pasajes… Ahí, a propuesta de Iván, cada quien fue desgranando su historia favorita: la anciana que vive sola en la aldea prohibida, y que, “cuando se pone triste, llora un rato”; esa familia que ante todo tiene que conservar la puerta de la casa para trasladar a sus difuntos; los niños que no saben jugar ni reír; esa niña de 10 años que se pregunta sobre si un día tiene un hijo y es deforme, lo querrá de todos modos; esas parejas incapaces de amarse, o peor aún, que lo tienen vetado; la despedida de esa familia hacia su casa y su huerta, plantando árboles, desparramando todas las semillas y dejando comida para los animales, y ese anciano que saluda destocado a la casa a la que nunca más volverá, como nuestros judíos conservaban la llave de sus casas de Toledo de generación en generación.

“Nos marchamos.

Quiero contarle cómo se despidió mi abuela de nuestra casa. Le pidió a papá que sacara del desván un saco de grano y lo esparció por el jardín: “Para los pajarillos de Dios.” Recogió en un cesto los huevos y los echó al patio: “Para nuestro gato y para el perro.” Les cortó unos trozos de tocino. De todos los saquitos echó las simientes: de zanahoria, de calabaza, de pepinos, de cebolla. De diferentes flores. Y las esparció por el huerto: “Que vivan en la tierra. Luego le hizo una reverencia a la casa. Se inclinó ante el cobertizo. Recorrió los manzanos y los saludó a cada uno.

Y el abuelo se quitó el gorro cuando nos marchamos.”

También se destacó el importantísimo papel de denuncia que tiene la obra, sobre la pésima gestión de las autoridades, la “chapuza nacional” que podría haber sido nuestra… Ello nos llevaba a reflexionar que las historias que cuenta, aunque nos suenen tan rusas, puro Chagall, podrían ser muy bien la historia de nuestras familias, las anécdotas de un baserritarra de hoy,  si lo que hubiera explotado hubiera sido nuestro Lemoniz. Y recordábamos las crisis del ébola o del Prestige, los célebres “hilillos de plastilina”, para concluir que, si nos hubiera sucedido a nosotros,  habríamos encontrado reacciones similares entre los políticos, y casos muy parecidos a lo que nos cuenta nuestro libro de hoy.

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Y este es un punto clave de la obra: mostrarnos un punto de inflexión, un antes y un después de este accidente nuclear, que desveló un riesgo cierto: el de cargarnos el planeta; un punto de no retorno.

Aquí la conversación derivó hacia los riesgos de la energía nuclear, y a la responsabilidad que tenemos todos y cada uno de nosotros, al no estar dispuestos a renunciar a nuestro actual estilo de vida, tan exigente en materia de recursos energéticos.

Nos despedimos hasta el próximo año, ya que la siguiente sesión será el día 10 de enero, para comentar un clásico, “Otra vuelta de tuerca“, de Henry James.

Y, como quiera que la reunión tenía lugar la víspera del cumpleaños de nuestro moderador, Iván Repila, la sesión se cerró festivamente con la desgustación de unas exquisitas tartas que una de las habituales, Mari Paz, había confeccionado, según nos decía, por sugerencia de otra amiga de las presentes, Yolanda.

A las dos, darles las gracias y felicitarles por la idea y la realización, pues resultaron deliciosas y dieron lugar a un magnífico “fin de fiesta”.

Lo dicho, nos vemos el próximo 10 de enero, en que además nuestro Iván estará “en capilla”, pues aparece su nuevo libro, “Prólogo para una guerra“.

Felices y lectoras fiestas.

Ana G.

Narración de capítulo del libro: “Voces de Chernóbil”, Svetlana Alexievich.

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